Por: David Daniel Romero Robles
En las últimas décadas, el escenario político en México, y específicamente en regiones como Michoacán, ha consolidado una estructura que, bajo el velo de la participación democrática, oculta un sistema de autoritarismo, verticalismo y caudillismo. A pesar de los discursos que prometen soluciones a los problemas de fondo, lo que prevalece es una búsqueda del poder por el poder mismo, donde las necesidades sociales son reducidas a instrumentos discursivos y coyunturales.
Uno de los aspectos más alarmantes de este sistema es la transformación de las elecciones en un mercado de alta rentabilidad. Los procesos electorales para renovar la gubernatura, diputaciones y alcaldías conllevan inversiones económicas que superan los cientos de millones de pesos. Este derroche sugiere que alcanzar un cargo público, como la gubernatura de Michoacán, se concibe más como una inversión económica con una recuperación significativa que como un ejercicio de servicio civil. La política ha dejado de ser una arena de debate ideológico para convertirse en una disputa de grupos que utilizan cualquier descalificación necesaria para asegurar su “cometido” financiero y de poder.
Sin embargo, la crítica no debe dirigirse exclusivamente a la clase gobernante. Existe una falta de empoderamiento y de pensamiento crítico en los distintos grupos sociales, lo que permite que esta dinámica se perpetúe. La sociedad suele adoptar y legitimar la farsa discursiva de la clase política al participar en actividades que solo buscan la validación del poder, convirtiéndose así en responsable de la calidad de sus gobernantes. No existe una posición crítica real, sino una subordinación y complicidad respecto a lo que sucede en los municipios, estados y la nación.
El caso de comunidades como Cherán sirve como un reflejo de esta realidad: las conductas de sus autoridades, como el Concejo Mayor, suelen ser el espejo de las carencias y la falta de vigilancia de la propia comunidad. En última instancia, la responsabilidad de fondo no recae únicamente en los políticos, sino en un pueblo que tolera y permite estas formas absurdas de control social. Mientras no irrumpa una lógica de pensamiento crítico que cuestione el mimetismo político y la mercantilización del voto, la democracia seguirá siendo un espejismo que solo beneficia a quienes pueden costear su entrada al juego del poder.

