¿Soberanía o sumisión?: La delgada línea de la autonomía mexicana frente a Washington
Por David Daniel Romero Robles
En el complejo tablero de la política internacional, el concepto de soberanía se erige como el pilar fundamental de cualquier Estado-nación. Definida como la suma del poder político, supremo e ilimitado, la soberanía otorga a un país la autoridad para tomar decisiones autónomas sobre su política interior y exterior sin estar sometido a vínculos de dependencia. Sin embargo, la realidad actual en México sugiere que este principio, consagrado en las constituciones desde el siglo XVIII, se enfrenta a una de sus pruebas más críticas bajo la sombra de la neocolonización.
El espejismo de la independencia
Teóricamente, un Estado soberano es aquel que goza de plena independencia. Este poder, que originalmente aludía al mando absoluto de un rey, evolucionó hacia la soberanía popular, donde el poder reside en el pueblo y es administrado por sus representantes. No obstante, analistas y fuentes históricas señalan que esta autonomía suele quedar reducida al discurso frente a las presiones mediáticas y jurídicas constantes de Estados Unidos, particularmente en temas de seguridad y delincuencia organizada.
Históricamente, la relación bilateral ha estado marcada por lo que algunos investigadores definen como un sometimiento y despojo descarado. Un ejemplo emblemático es la Guerra de 1847, que más allá de una “venta” de territorio, es recordada como un acto de colonización donde México fue privado de gran parte de su geografía septentrional.
Agencias extranjeras: ¿Vigilancia o control?
La soberanía no solo es política; abarca dimensiones económicas, alimentarias y, fundamentalmente, militares y de seguridad. Esta última se ve comprometida cuando agencias de inteligencia extranjeras operan en suelo nacional para defender sus propios intereses. Documentos desclasificados han revelado que, durante décadas, incluso mandatarios mexicanos han colaborado directamente con el gobierno de Estados Unidos, permitiendo que sus agencias de investigación actúen como instrumentos de control.
Casos contemporáneos han reavivado este debate. La reciente controversia que involucra a la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, acusada de permitir la operación de agentes de la CIA en territorio mexicano, ha sido utilizada políticamente para señalar una “traición a la patria”. Por otro lado, las órdenes de aprehensión e investigaciones contra figuras como el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha, son interpretadas como mensajes contundentes de Washington para demostrar que, en la práctica, el control sigue bajo su mando.
La “Economía de Despojo”
El concepto de neocolonización adquiere fuerza al analizar cómo Estados Unidos utiliza manuales de contrainsurgencia y presiones judiciales para mantener una economía de despojo. Esta dinámica no se limita al mercado, sino que se infiltra en las instituciones de vigilancia y seguridad del Estado mexicano para priorizar los intereses estadounidenses, como ocurrió históricamente con la organización de la producción de amapola en Michoacán para el consumo del país vecino.
En conclusión, mientras los tratados internacionales y las definiciones académicas sostienen que ningún Estado extranjero debe intervenir en los asuntos internos de otro, la praxis política en México muestra una soberanía bajo asedio. El reto para la administración actual presidida por la Dra. Claudia Shembaum Pardo radica en transformar el discurso de soberanía popular en una autonomía fáctica que resista las tácticas de control de una potencia que, tras siglos de historia, no parece dispuesta a soltar las riendas de su influencia en el sur.

