Artículo de Opinión por el Maestro Calentano

Morelia, Michoacán, a 13 de mayo del 2026.- Durante años, la palabra “unidad” ha sido uno de los conceptos más repetidos dentro del magisterio michoacano. Cada coyuntura política, cada negociación con el gobierno y cada relevo interno viene acompañado del mismo llamado: cerrar filas, construir consensos y dejar atrás divisiones. Sin embargo, en las bases magisteriales comienza a crecer una percepción distinta: la unidad ya no emociona ni moviliza, porque muchos consideran que se ha convertido únicamente en un discurso recurrente de las dirigencias.

Hoy se habla nuevamente de construir un comité de unidad entre distintas expresiones sindicales y magisteriales. Ahí aparecen la CNTE encabezada por Eva Hinojosa, la corriente de Jairo Mandujano, la expresión de Adid Carreño y el SNTE que representa Juan Manuel Macedo. Todos hablan de coincidencias, de caminar juntos y de fortalecer la lucha del magisterio. Pero en las escuelas, en las regiones y entre los trabajadores de base, la reacción parece ser muy distinta.

La apatía se ha vuelto evidente. Muchos docentes observan estos llamados con escepticismo porque sienten que, al final, las diferencias entre grupos desaparecen solamente cuando se trata de conservar espacios de poder, posiciones políticas o control sindical. La narrativa de unidad, para una parte importante del magisterio, dejó de representar una verdadera defensa de los trabajadores y comenzó a verse como un mecanismo para que los liderazgos sigan vigentes.

Y es que el problema no es la unidad en sí misma. Nadie podría estar en contra de que el magisterio cierre filas en favor de mejores condiciones laborales, salarios dignos o una defensa real de la educación pública. El problema surge cuando esa unidad parece construirse solamente desde las cúpulas y no desde las necesidades reales de los maestros.

Muchos trabajadores de la educación sienten que las bases ya no son escuchadas. Las decisiones suelen anunciarse desde mesas políticas, mientras que los docentes enfrentan diariamente carencias en infraestructura, incertidumbre laboral, presión administrativa y desgaste social. Por eso, cuando vuelven a escuchar discursos sobre “unidad histórica”, “frentes comunes” o “comités integradores”, la respuesta ya no es entusiasmo, sino duda.

Existe además una percepción creciente de que los liderazgos magisteriales se han acostumbrado a sobrevivir políticamente a través del conflicto permanente. Cambian los nombres, cambian las corrientes, pero las prácticas parecen repetirse: disputas internas, movilizaciones selectivas y acuerdos cupulares que pocas veces aterrizan en beneficios tangibles para quienes están frente al aula.

La realidad es que el magisterio michoacano atraviesa uno de los momentos más complejos de credibilidad interna. La base docente ya no se conforma con discursos ni con fotografías de reconciliación entre dirigentes. Hoy exige resultados concretos, transparencia y liderazgos que realmente representen a los trabajadores y no únicamente a grupos políticos.

Si las distintas expresiones sindicales realmente quieren reconstruir la confianza, tendrán que demostrar que la unidad no es un reparto de posiciones ni un pacto de supervivencia entre dirigentes. Tendrán que probar, con hechos y no con declaraciones, que el interés principal sigue siendo el magisterio y no la permanencia de ciertos liderazgos.

Porque cuando la base deja de creer en sus dirigentes, el problema ya no es solamente sindical. Es una crisis de representación que tarde o temprano termina debilitando a todo el movimiento magisterial.