El Maestro Michoacano Columna de Opinión

Morelia, Michoacán, a 11 de febrero del 2026.- En el magisterio de Michoacán no solo hay inconformidad: hay fractura. La CNTE, históricamente símbolo de resistencia y dignidad, atraviesa una crisis más profunda que cualquier conflicto con el Estado: la pérdida de cohesión interna y la erosión de su liderazgo.

Durante años, la Coordinadora fue un bloque compacto frente al poder. Hoy, en cambio, se encuentra dividida en múltiples corrientes, grupos y expresiones que compiten entre sí no solo por el control de la sección sindical, sino por la narrativa de quién representa verdaderamente a las bases. Esta fragmentación ha debilitado al movimiento y ha diluido su capacidad de negociación, mientras las dirigencias se disputan espacios, cuotas y protagonismos.

En todas esas corrientes, sin excepción, se vuelve evidente una misma necesidad: el recambio seccional. No se trata únicamente de cambiar nombres, sino de transformar prácticas. Las bases magisteriales ya no se conforman con discursos combativos ni con la retórica de la lucha histórica; demandan coherencia, honestidad y congruencia entre lo que se proclama y lo que se hace.

La paradoja es clara: mientras las cúpulas se atrincheran en sus parcelas de poder, la base magisterial empieza a expresar algo distinto y más profundo: la necesidad de una renovación de unidad. No solo quieren nuevos liderazgos, quieren un liderazgo capaz de reunir a toda la CNTE, de cerrar heridas internas y de reconstruir la confianza perdida.

En las escuelas, en las asambleas y en los encuentros informales, se repite una idea que antes parecía imposible: que la dirigencia seccional surja de un proceso democrático real, donde se vote por un líder que no pertenezca a las lógicas de la traición, las corruptelas o los pactos en lo oscuro; un líder que no represente a una sola corriente, sino al conjunto del magisterio.

Esa aspiración no es ingenua, es urgente. Porque mientras la CNTE se fragmenta, el magisterio pierde fuerza; mientras los liderazgos se desgastan, las bases se distancian; y mientras las corrientes se multiplican, la lucha se vacía de contenido.

El problema no es menor: si la CNTE no logra un recambio ético y una recomposición de unidad, corre el riesgo de convertirse en una suma de grupos sin proyecto común, más preocupados por disputarse la dirigencia que por defender los derechos de los maestros.

Hoy, el magisterio michoacano está frente a una decisión histórica. Puede seguir atrapado en la lógica de las corrientes, los liderazgos cuestionados y los acuerdos cupulares, o puede apostar por una renovación profunda que permita que, por primera vez en años, la base decida sin presiones, sin imposiciones y sin simulaciones.

La pregunta ya no es si habrá recambio. La pregunta es si ese recambio será capaz de reconciliar a la CNTE consigo misma.

Porque al final, la lucha magisterial no se sostiene en siglas ni en corrientes, sino en la confianza de sus bases. Y esa confianza solo puede reconstruirse con un liderazgo limpio, legítimo y capaz de unir lo que hoy está dividido.