Octavio Ortiz García
Morelia, Michoacán, a 29 de diciembre del 2025.- Salimos antes de medio día rumbo a la Tierra Caliente de Michoacán, cargamos un teclado de computadoras, herramientas para electrónica y una máquina para contar monedas.
Pasamos cuatro horas en el camino en Tierra Caliente, atravesamos pueblos de altos techos de teja y casas de estilo norteamericano, cruzamos ríos, muchos ríos, que con su frescura dan vida a la Depresión del Balsas.
Salimos de Morelia por la Salida a Mil Cumbres y avanzamos hasta llegar al Temazcal. Ahí, hay dos rocolas de Luis Sáenz, en los primeros restaurantes, las abre de una puerta del lado y saca una bolsa con el dinero, cuenta las monedas de cinco pesos, pues la rocola toca dos canciones por una moneda de cinco pesos.
Cuenta el dinero en una maquina contadora, que es una caja metálica que parece una licuadora, la maquina separa grupos de monedas de 50 pesos. Don Luis, como también se le conoce a Luis Sáenz , paga un 30 por ciento de las monedas al dueño del restaurante y se queda con el resto.
De ahí, nos montamos en su Ford Fista 99 Blanco y bajamos la sierra de Tzitzio y Tiquicheo hasta llegar al corazón de Tierra Caliente.
Esta es la segunda vez que recorro junto con él su ruta de Tierra Caliente y esta vez vamos hasta Tuzantla, pasando por el Devanador y el Limón de Papatzindán.
Las visiones son hermosas, en su mayoría todo está seco pero los pastos amarillos y cafés hacen que las montañas y los acantilados se pinten de oro y cobre. El macizo montañoso que resguarda el Limón de Papatzindán parece un gigante dormido y desata los comentarios más metafísicos del acompañante del Luis, quien siempre tienen un ayudante para poder cargar las rocolas que usualmente superan los 20 kilos.
En el camino Don Luis me explica que en los años 2000 tenía 30 rocolas en todo Tierra Caliente y en Morelia, la mayoría en bares y centros nocturnos, y relata historias de abundancia y de excesos. Sin embargo, explica la decepción entre la voz, que poco a poco los teléfonos inteligentes y las bocinas portátiles comenzaron a acabar con su negocio, pues ya no era necesario pagar para poder escuchar la música preferida. Ahora en su casa del centro histórico acumula decenas de rocolas que con un pequeño desperfecto ya no costea ponerlas en marcha, pero se aferra al negocio y aunque sea mal pagado cada mes recorre las carreteras para revisar sus máquinas.
Sus rocolas ahora son digitales, auntes era rocolas de discos compactos marca Rowie Amie, rocolas americanas que iniciaron con las rocolas de vinilo de los años 50´s, -ya no hay cds y tampoco lectores laser- dice para explicar la modernización de sus aparatos. Además, recuerda como su padre, José Sáenz Silva a mediados del siglo pasado próspero increíblemente con rocolas y como heredó el negocio a todos sus hijos.
Andamos en sierra entre Tiquicheo y Tuzantla y llegamos a un billar, Luis abre la rocola de frente y ajusta el monitor de computadora donde se seleccionan las canciones, revisa que funcione el cpu de computadora y cierra la rocola. Saca el dinero y deja 30 canciones para que los jugadores y tomadores puedan seleccionar sus preferidas; muchos de ellos alaban a Luis y le agradecen, aunque minutos antes se habían quejado de supuestas fallas en la máquina – se comió mis monedas-, le insistían.
Más allá, quizá una hora más en el camino sinuoso de la Tierra Caliente de Tuzantla, llegamos a un bar donde parece que solo juegan baraja un par de señores, la maquina solamente tiene atoradas unas monedas y es reparada rápidamente.
Ya comienza a caer la noche y el cielo de Tierra Caliente se pinta de colores rojos, amarillos y morados, regresamos sobre nuestros pasos y me sorprende que no hayamos visto ninguna situación de peligro en un viaje de casi 8 horas a uno de los corazones de la Tierra Caliente de Michoacán.
Así, entre los lugares sin conexión ni teléfono, enclavados en Tierra Caliente, es como subsiste una de las profesiones que poco a poco desaparecen en Michoacán, el rocolero.


